martes, 26 de abril de 2011

Con la sangre envenenada



Aún bullen en mi mente, en mis oídos, los ecos que empiezan a difuminarse, de los sueños tormentosos de mis últimas acciones. Sabores metálicos, odios recalcitrantes en líneas supuestamente inocentes. Un tornado de agónicos y arracimados sentimientos que mezclan la ira, el desprecio y la inquietud absoluta por un devenir rojo como un volcán, laten en las venas exigiendo y clamando venganza y sangre, como el espíritu humano siempre hace, impulsado por su instinto más bajo y asesino.

Trato de calmarme, pero los paseos por el neblinoso jardín me turban. Tras de mí veo las ventanas encendidas de la mansión. A buen seguro mi esposa y los criados me estarán buscando, pues han escuchado el disparo.



Sé que ahora yace, enfriándose, con la niebla entrando por el horadado boquete provocado por la canica de plomo, por la atroz bala, más impulsada por mi ira que por la pólvora.


¿Quién es él? Os estaréis preguntando a estas alturas, juzgándome como hombre belicoso y de carácter intratable, violento, peligroso... ¡Qué más da! Ya me habéis juzgado.



No ha sido en defensa propia, no. Ira, estaréis pensando, pues ya he escrito, con esta, tres veces la palabra. Puede ser. Pero no he visto el rojo telón de la ira más violenta, y un disparo en una pistola de duelo no siempre implica tanta ira... si la tienes que cargar.


Pero, maldita sea, le avisé, ¡y por su culpa ahora está suelta!



Le dije que no leyera mi escrito, le ordené, por más que fuera mi editor, que lo dejara en paz hasta que lo acabara de escribir, que se mantuviera alejado de mi estudio hasta que pusiera el punto y final. Le advertí que la mansión en que vivo, en la que estoy confinado por la maldición de mi familia las cosas son distintas. Se lo mostré, podéis preguntarle, y que en su agonía de muerte, si acaso queda aliento en él, os responda. Le hice una demostración, y aun así se saltó mi prohibición. Maldito estúpido, merece su muerte.


Ahora, mientras trato la neibla lechosa a manotazos, ya no busco calmarme. La busco a ella.



Habría sido mi mejor relato. Pero no escapará de mí. Tengo que encontrarla antes de que se reproduzca, antes de que alcance a mi mujer y la una a sus filas.


¡Oh, escribes sobre vampiros! Dirán algunos, contentos y satisfechos de su inducción lógica. Es un error teorizar sin pruebas, dijo alguien. Da igual. No, no es un vampiro.



¡Un momento, ya la veo! ¡Ha vuelto a entrar! ¡La veo! ¡La Veo! Los jirones de bruma le persiguen como sabuesos, con su forma desastrada y bamboleante. Escucho sus balbuceos. Entro en la mansión. El pasillo está oscuro. Creo escuchar los susurros de su caminar. Maldita fuera mi elección de escritura, mi último cuento. ¡Malditas las fuentes que la inspiraron!



Noto que las lágrimas de ira se me empiezan a agolpar en los ojos, tratando de distorsionar lo que veo. Y paso ante el gran espejo que lleva a mis habitaciones donde escucho el grito de mi mujer. Y por un fugaz momento, como un borrón apenas, veo mi reflejo. Con la blanca camisa de bocamangas de encaje manchada de rojo. Pues la marca está ahí.



Con la sangre envenenada por su garrazo, que no recuerdo, corro a dispararle el último tiro a la ménade furiosa que emergió de las entrañas de mi imaginación, se plasmó en el folio que escribía y que ahora está reclutando a mi mujer, con su sangre intoxicada, para unirla a sus filas; viva por el sortilegio que azota a mi familia.


Cualquier cosa que escriba, puede cobrar vida si se lee antes del punto y final.

miércoles, 5 de enero de 2011

Cantos para la Parca I

Uno, dos , tres...




Los primeros acordes sonaron, tras la afinación de la orquesta, como una cascada de oscura pasión.

Aquella noche en el teatro sonó una composicón que llevaba siglos sin oírse, concretamente y a despecho del nuevo dueño, la misma obra que se ejecutó antes de la destrucción del lugar.

El teatro contaba con más de trescientos años, y tras la ejecución de una extraña partitura que estaba escrita sobre pergaminos negros con los pentagramas y las notas en blanco, empezó a arder.

Y pasaron años, los troncos de las vigas ennegrecidos, la música arrancada de los negros maderos carbonizados, como un canto fantasmal.

Fue reconstruido, y la obra no se volvió a ejecutar hasta aquella noche. Esta noche.

Mis viejos huesos escucharon el resonar de las notas, se llenaron de ellas, y me volví a erguir entre los vivos. Mis pasos me llevaron por las aún oscuras callejas, la niebla cubriendo mi silueta como un sudario pudoroso y quizás temeroso.

La vieja partitura había aparecido en algún lugar y me reclamaba. El sonido de los violonchelos me impulsaba, los timbales marcaban el ritmo de mi roto y muerto corazón, los clarinetes iluminaban trazos de mi máscara sucia, con la que me enterraron... pero, ¿Do estaban la flautas que daba alas a los dulces pies de... de ella? Debían empezar a sonar, debían traerla de vuelta a las tablas, a... mi... ¿Y mi cisne negro? Mi bailarina tocada con la máscara de perlas plateadas, de pies gráciles, de movimientos fluidos como las aguas estigias en las que la había llorado tantos años... Si el encantamiento de la música me había llamado de los brazos de la Parca, a ella debería sucederle igual... Por favor, por favor, que venga...

Pero antes de llegar a la plaza que se abre al teatro, una presencia me frena... es ella. No mi dulce Cisne, es la Parca.

Los violines preparan mi entrada, mi intervención, me reclaman en una cuenta atrás medida en negras, fusas y semifusas, bemoles y sostenidos, "Por favor, ven, te toca" parece decir. Y la Parca habla sólo para mi. Me pide la Canción. Quiere el Canto a cambio de mi Cisne.


Me dispongo a complacerla. La Parca se acomoda, la niebla se espesa y la gente se torna gris, congelada en el tiempo de la vida entre muertos como si ellos fueran los fantasmas.

Siento retumbar la música, y me da el pie. Y de mi garganta sale el Canto. La vieja Canción no pronunciada en siglos. La vieja tonada de amor entre el Cosaco y la Aldeana, entre Romeo y su Julieta, entre don Juan y doña Inés y tantas otras historias de amores malditos y dolientes, trágicos, felices y estremecedores.

Y canto para la parca. Entre la niebla mi canción da forma a las volutas, la mano fantasmal de la doncella, la presencia del enamorado, el Ermitaño en el camino de los dos, los celos, la ambición, el cuchillo, la Desesperación y la Muerte como elemento que al final los une a todos.

Mi canto vibra en mi alma y lo que resta de mi oscuro ser en este torcido relato, se desliza de mí hacia afuera, absorbido por la inerme Parca que me mira con sus ojos de clepsidra.

Se atenúa mi voz. Se callan las cuerdas y los timbales tras el sostenido do final. La Parca sonríe.

Y los metales suenan ligeramente. De entre un capullo de niebla emerge la figura de mi amada bailarina oscura, de pies ligeros y rostro enmarcado por su máscara. Nunca supe quién era en vida, sólo que era mi bailarina.

Y bailó. Bailó como lo hizo para mi en la llanura del Tártaro, en las orillas de Estigia, a lo largo del Leteo. Y sus pies de nuevo me enamoraron, sus pasos, sus saltos y cabriolas, sus ojos que no se movían pese a que el resto del cuerpo sí lo hacía...

Daba igual que la maldición que me sumergió en las tinieblas del Canto de la Parca hiciera prender de nuevo el fuego en las bambalinas del teatro. Ahora todos los del interior serían nuestro coro y corifeo mientras ella baila, y yo canto, y ella se desliza y...



Las llamas lo iluminan todo. Da igual. Ella siguie bailando y mi alma apresada en sus pasos le corresponden. La Parca tiene su Canto, yo a mi Cisne, y los dos, ahora, un corifeo de niebla que nos envuelve hasta el Hades.

Estamos juntos.

miércoles, 28 de octubre de 2009

KALT










Kalt. Frío.

El bosque no se apiada de nadie. Es duro. Pero más lo es todavía el Señor Invierno. Ahora ella duerme junto a la tenue hoguera, envuelta en sus pieles más una: mi capa de oso.

Me muevo para no aterirme. Me duele todo. La nieve, como un sudario blanco, frío, inclemente, constante, se deposita como un beso silencioso. No hace viento. Todo en calma. La corteza blanca de los abedules me miran en expectante silencio. Sombras que se arraciman. Silencio. Invierno.

Ya no sé si el silencio, la nieve y el Invierno están fuera o dentro, en el exterior, un bosque callado, fantasmas de madera blanca, una fraga de quietud hostil, o en mi interior, una floresta invernal en mi interior, arrasada por el silencio y la nieve que, poco a poco, lo enfría todo. A mí. A ella. ¿Qué pasará cuando el helor apague el último rescoldo y sólo haya nieve sobre unos troncos ennegrecidos, sobre unas brasas agrietadas e irrecuperablemente frías, como piedras?

KALT.

FRIO.

EN EL BOSQUE.

EN EL ALMA.

EN EL CORAZÓN.

NO SE SI ELLA DESPERTARÁ…

martes, 1 de septiembre de 2009

El Último Enemigo




Los ecos de la batalla resuenan en mis oídos. Polvorienta, mi vieja espada cuelga de una triste cadena, sobre el hogar.

Envejecido y achacoso, este viejo guerrero se pregunta si todo valió la pena: las batallas, las muertes, el honor, los rangos.

La vida sigue, y ahora comprendo, con los ojos del tiempo y la vejez, que habría seguido independientemente de mis glorias y estrategias.

Ahora estoy herido por algo más profundo que una hoja, que una lanza o una saeta: el tiempo. Qué será de este guerrero que espera la muerte en su hogar solitario, en su silla quejumbrosa ante el fuego, pues el invierno inclemente, el exterior y el interior, el del bosque y la edad lo atenazan y retienen.

Muchos son los amigos que ha visto caer, los que quedaron atrás, retenidos por la tumba, la hoja y la política. Este viejo guerrero los añora, cuando todos juntos, bebíamos y gozábamos. Los asientos vacíos en las tabernas eran cada vez más dolorosos, más agudos, hasta que dejamos de acudir. En la última batalla sólo quedábamos dos de la vieja guardia y, hastiados de la muerte, la sangre y el honor de la batalla, sólo buscábamos la muerte del guerrero, su último orgullo. Sólo uno lo encontró. Y no fui yo.



Y entonces volví al hogar, donde nadie me esperaba. Mis hijos, muertos o en otros países. Mi mujer enterrada tiempo ha, a la que dediqué menos tiempo que a mi espada. Ese pedazo de metal que cuelga ahora, silencioso, que tantas vidas ha segado y que debería estar tinta en sangre, que nunca me ha dado nada, salvo peligros; que está más amoldada a mi mano que la cara de mi difunta esposa; ese instrumento del que a veces me pregunto se no será el maligno amor de mi vida, no responde a mis lamentos.

Este viejo chochea ante el fuego, con el vaso de cuero en la mano y su contenido insípido, en una casa repleta de fantasmas de recuerdos, con los labios cuarteados y resecos, en los que el hálito del último beso se secó hace décadas, esperando al enemigo final, al inevitable... ¡Muerte, llévame!


Pues ha reconocido a su contendiente, a su invencible enemigo: la Soledad.



Morirá con la lumbre, como un carbón, que en realidad, dá lo mismo si se enciende o no, si es honorable o no. Morirá.

jueves, 9 de julio de 2009

Alleine Zu Zweit

Al principio era un sonido tenue, que se deslizaba entre las ramas, filtrado por las hojas que refulgían en plata bajo la luz de Selene. A esa hora tardía , los fuegos fatuos iluminaban algunos claros del bosque. Y el sonido se incrementó. Si nos deslizamos entre las ramas, sortando esos círculos de hongos, los llamados Círculos del Diablo; si después de saludar a las dríadas, perfumadas de oscuridad y musgo, que nos miran con su sabia sonrisa, pues saben nuestro destino, y continuamos, cruzamos el arroyo canturreante, respirando la atmósfera de humedad dulce, de las suaves lluvias de esa tarde, después de toda esta ruta por la mágica foresta, vemos la vieja torre. De allí viene el sonido que impregna este sueño.

*

Desde la única ventana en la que arden las bujías de ve la silueta; un violín gris sujeto entre las expertas manos, que ejecutan los rápidos movimientos, arrancando, acariciando las cuerdas los bellos sonidos que se deslizan torre abajo. ¿Por qué? ¿Por qué toca a la oscuridad... ? Por ella
Sus labios musitan unas palabras...

"Tanz, mein Leben, Tanz"
"Danza, mi vida, danza"








Y es cuando ella aparece. Tímidamente, desde detrás de uno de los azules fuegos fatuos, en el centro de uno de los Círculos del Diablo. Sus pies tocan, con una sensación de frescor, la tierra húmeda. Escucha la música, o las palabras de él, y se estremece. Sus piernas empiezan a ejecutar pasos de ballet. Su cuerpo se arquea, alzado por las notas, por la música. O por las palabras de él.

"Alleine zu Zweit"
"Solos los dos"

Salta, cimbrea entre los árboles, la niebla baja se enreda en sus finos tobillos, en su cuerpo, como ella acaricia la hiedra oscura, como ella evoluciona alrededorde los añosos árboles musgosos. Sus delicadas manos se elevan, con la música, o las palabras de él, buscando la luz de la luna de invierno que los ilumina a ambos.
Ella Danza para el mientras el sonido del violín gris cae como una cascada dese la torre, envolviéndose en la música, o en las palabras de él. Y cuando el violín cesa su música,

"Tanz, mit mir"
"Danza conmigo"

el susurro cae lentamente, y ella se abraza, sus ojos buscan el ámbar de la ventana, tras las guedejas de sus rizos y entonces lo ve otra vez más, y susurra con él la música de aquellas palabras:

"Tanz, mein Leben, Tanz
tanz mit mir,
tanz mit mir noch einmal
in den pure Rausch der nackten Liebe"

"Danza, mi vida, danza
danza conmigo,
danza conmigo una vez más,
en este puro éxtasis de amor desnudo"

Ella manda un beso con un susurro,

"Alleine zu Zweit"
"Solos los dos"


Y con una lágrima, una furtiva lágrima , se despide una vez más, una noche de luna más, y vuelve con un corto giro, hasta el lugar etéreo donde descansa.
Y el violín gris retorna a su funda, esperando renovar el hechizo para poder verla Danzar una vez más, elevándose en su amor.



"Tanz"


*De la canción Alleine zu Zweit de Lacrimosa.


viernes, 29 de mayo de 2009

Perdidos en lo Profundo



Cuenta la llamada conspiranoia que unos radioaficionado italianos, a la sazón, los hermanos Achille y Giovanni Judica-Cordiglia, pudieron acceder a las frecuencias soviéticas relativas a los programas espaciales. Y en 1.960 captaron el SOS de un objeto que se alejaba cada vez más de la órbita de la Tierra.
En 1.961 captaron una segunda transmisión, atribuida a Ludmilla Tokovy, la pirmera mujer cosmonauta, -supuestamente- en la que afirmaba en la entrada a la atmósfera se estaba quemando.

¿Os imagináis?
El frío espacio, indiferente, como el único testigo de tus gritos, de tu agonía. Tu cuerpo flotando suavemente en la nada.

¿Dónde llegará tu cadáver, antes de qeu el traje se descomponga y se destruya, esparciéndo tus restos? ¿Se estrellará contra la Luna u otro satélite que no lo destroce por la gravedad? O símplemente girará lentamente hacia ninguna parte...

Uno de los grandes miedos de los seres humanos es morir solos. Pero morir en la nada, en un lugar en el que nadie puede ayudarte, un lugar dónde sólo las frías estrellas te contemplan, dónde cuentas cada segundo de oxígeno que te queda... o no.
La aceptación.
Aceptas que invariablemente vas a morir. Que sucederá, de eso no hay duda. Y miras lo que puedes abarcar, y sabes que es más de lo que eres capaz de asimilar. Te sientes cuasi microscópico. ¿Encontrarán otros seres mi cuerpo, helado y descompuesto? ¿Qué pensarán? Seguramente que me lo merecía.

Soy el cosmonauta perdido en lo profundo de un espacio negro y hostil, helado e imperturbable.
A veces, en la vida, uno se siente así. Perdido en lo Profundo.

martes, 21 de abril de 2009

Poema Breve





De las profundas simas
Animas extrañas se arraciman a un son.
Druidas oscuros cantan sus llamadas
Invocan a la reina oscura.
Reina que descalza baila
Ungida con la sangre de mil hombres
Corcovea en un campo yermo
Surge su voz en respuesta a los hechiceros
Oropel negro, inclús de sangre que alberga un grito.

Ningún enemigo acecha en la llanura,
Inmóvil permanece el bosque ante el vigía.
SPQR reza su estandarte.

Zarandeado por el viento, el legionario despierta.
Un oscuro espíritu danza ante él.
Largos aullidos de venganza y carnicería surgen de entre los árboles.

Y el caos se libera
Aullan los hombres
Hecatombe contra los invasores.

Ondean ahora rasgados pendones entre las llamas
No osarán volver al límite del bosque de los Druidas.