jueves, 4 de septiembre de 2008

Fantasmagoría

FANTASMAGORÍA


Las campanas de la catedral hacen retumbar el lóbrego y pesado silencio, neblinoso, que arropa y amortaja la ciudad.

Sólo las sombras brumosas se deslizan, silenciosas y discretas por los alrededores. Una bandada de cuervos aletea en las torres, una vez el bronce vibrante decide callar finalmente y volver a sumirse en su quieto sueño helado.

Me encontraba de visita. No, no a la catedral, enorme construcción de la semilla egocéntrica cristiana. Templos de Dios, lo llaman. He estado en San Pedro y a mi me pareció un templo al hombre. Pero dejemos la teología. Por hoy al menos.

Decía que estaba de visita. Cierto. En un lado, —para mí el único bello—, de la catedral hay una pequeña cancela, traspuesto un jardín de naranjos. Está hecha de hierro templado, negro y ominoso, rematada la reja con puntas de lanza lisadas, señalando a un cielo gris y plúmbeo que hace media hora ha descargado una parte de su furia y, tronante, volverá a hacerlo a lo largo de la ya avanzada tarde.

Siempre hago el mismo recorrido: entro y cierro tras de mi —no me gustan las interrupciones—, atravieso el jardín de tumbas, ajadas y cargadas de líquenes, con enredaderas raquíticas abrazadas y letras musgosas y erosionadas. Al pasar por la tumba de Emmanuelle acaricio, como siempre, con delicadeza, la faz del ángel orante que hoy, por la lluvia filtrada entre sus bucles pétreos, parece llorar por alguien enterrado a sus pies y que, en el fondo, no conoce pese a guardarlo desde 1.876.

Paso ante el mausoleo de la familia Rovira-Almagro-Oñate, y saludo, como siempre, a sus moradores, a través de la puerta entreabierta. Es un mausoleo enorme, de dos plantas bajo tierra. Sería un buen sitio para montar un local social. Sonrío de colmillo.

Finalmente llego: es una tumba extraña, flanqueada por dos pequeñas figuras encapuchadas de la misma altura de la lápida y que parecen abrazarse a ella. Tiene una los a de mármol blanco y un delicado detalle en mármol negro: una rosa.

Adrienne Carmille Du Fôret.

(1.815-1.837)

Siempre me siento en un banco que hay al lado y hablo con ella. Imagino una voz dulce de inflexión delicada.

Ya le he preguntado todo lo que se me ocurría; le he recitado poemas y canciones, leído a Poe y Borges.

Ese día en cuestión la rosa parece trémula con sus gotas de agua derramada por el cielo.

Una leve bruma se arrastra por todo el camposanto como un pesado manto, y la bruma difumina y da cualidades etéreas e irreales a toda construcción.

La bruma se agita de golpe y el viento arrastra hasta mi una fantasmagoría; ola niebla se ahueca, se estira, perlada por la carga de gotas diamantinas y puras. Y se forma una imagen tenue y temblorosa. Perfil griego, túnica blanca y recogido francés en los bucles del cabello. Pendientes de diamante, ojos grises.

Estira una mano larga de dedos finos y blancas uñas hacia mi. Cuando nuestras palmas se toca, mi mano se empapa de agua. Ella sonríe. Una ráfaga de viento deshace la fantasmagoría.

Estoy de pie, parpadeando estúpidamente bajo la luz esquiva de una farola nimbada por la niebla. Mi corazón estremecido —¿pavor o amor?— se bambolea, borracho, sintiendo la mano rozada palpitante. Rozo con los dedos el fino mármo y, al hacerlo, advierto que , tras la lápida, pegada al muro de la catedral, temblorosamente ha florecido un pequeño lirio blanco.

Sonrío. Me doy la vuelta lentamente y me encamino a la salida. El viento susurra una canción oscura entre las ramas de tejos y saúcos, coros arbóreos.

Finalmente salgo del cementerio, de nuevo a la calle, reluciente por el agua; ciudad brumosa, antigua y enigmática, repleta de callejones cargados de historia y tragedia.

¡Y qué si la gente no es capaz de verlo! ¡Qué más me da que para ellos sea un día despejado de pesado sol otoñal! No son capaces de ver el reverso, de apreciar que, tras el manto banal de la Realidad, existe un mundo cargado de Belleza. Cada cual puede tener el suyo. O suyos.

Las sombras tenues en la bruma —ruidosos turistas sudorosos y maleducados— se esfuman y me pierdo en los callejones céntricos hasta volver a mi jardín. El Jardín del Dolor, con una fantasmagoría que añadir al ambiente del lugar.



Vincent.



Dedicado a Lady Misericordia por tener paciencia conmigo.




1 comentario:

The Jolly Joker dijo...

Delicado hasta en la elección del nombre de Ella. Y comienzas el relato con el sonido que para mí es el más bello, el repicar de las campanas.

Siento que veas sólo un templo al hombre donde se ha intentado crear belleza por amor. Pero dejemos la teología para otro día.

Será maravilloso seguir paseando por el Jardín ahora que nos acompaña esta nueva fantasmagoría, de finos dedos y brumosa presencia. Aunque tal vez sólo se presente ante un alma cada vez.

Y qué si los demás no se dan cuenta de este mundo de belleza. Es mejor así, de este modo Adrienne podrá seguir siendo una fantasmagoría.

Mientras se presenta, iré a ver el ángel de Emmanuelle.