lunes, 1 de septiembre de 2008

Vuelta a Casa




Jueves, 16:15, 29º C, 84,23º F.

Está nublado y la ciudad parece aletargada en la quietud de una tarde de ambiente otoñal pese a que estamos en pleno agosto y, desgraciadamente, aquí, el Otoño no llega hasta Octubre-Noviembre.

Vuelvo del trabajo en la moto, deslizándome en el asfalto, solitario, sintiéndome agradablemente solo en la urbe durmiente y aletargadas. Los edificios, horribles constructor de hormigón y ladrillo me flanquean, colmenas que albergan en su interior a la “educada sociedad, decente y correcta”.

Una brisa fresca me acompaña. Paso delante de una funeraria donde un amigo, ahora Perdido en su estólida contumacia de aislamiento incomprendido autoimpuesto, entró una vez a pedir un catálogo de tumbas para llevar. ¿por qué miran extrañamente, como a enfermos, a aquellos que se interesan por la muerte? Cuando cruzo un puente el mundo se ralentiza: un presunto gótico cargado de pinchos y rimel, medias de rayas y collar de perro. Nos miramos brevemente, cruce de miradas. No lo conozco. Aparece en sus ojos un brillo duro de desafío y supuesta superioridad y chulería. Frisará los quince años. Mi única respuesta es una sonrisa colmilluda, de través, que no puede ver por el casco que me protege la cabeza.

Ese estatus autogenerado de Oscuro,. Gótico, Dark, Blacky, Goth, no te hace superior a nadie chaval. Te marca como alguien que mira el mundo de una peculiar manera. Yo no aparento esa oscuridad. Visto de oscuro, pero alterno con otros colores. Mis insignias son discretas pero notorias a ojos entendidos. Dos muñequeras (a veces negras, a veces marrones), y al cuello una cadena pequeña de eslabones de plata de la que pende una cruz de lobo, de la que ya os hablaré en otra ocasión.

El mundo retoma su censo. Continúo. Cerca de mi casa (vivo solo, independizado y mi trabajo me cuesta), paro en un semáforo y veo algo que me despierta una mórbida curiosidad. El susodicho semáforo es colindante con un barrio nido de drogatas y trapicheantes. Un asco, vaya. Se me cruza un menda. Moto blanca, Piaggio Zip, muy popular entre la chusma por lo barato y lo fácil de conseguir piezas (hay tantas que se las puedes robar a cualquiera, lo he visto). Pero me llama la atención dos cosas: una, la fisonomía del pendejo en cuestión: insanamente flaco, sucio, tatuajes azulados y borrosos. Picotazos de agujas en ambas corvas, tras la rodilla, purulentos algunos. Dioses, y dicen que el tercer Jinete no ha llegado. Y el segundo detalle: en el casco negro y sucio, de años ha, un montón arracimado pegatinas de vírgenes y cristos, así como en la moto e incluso la matrícula.

Un sacrílego —bueno, lo sería si yo fuera cuando menos cristiano—, pensamiento cruza mi mente. Cuando se coloda de la mierd* que se pinche, esnife o fume, ¿tendrá epifanías, visiones celestiales?¿O lleva todas esas imágenes como “proteccion” contra sus demonios?

Verde. Arrancamos. Dos calles más en las que resuena el escape grave de mi moto. Por fin. Llego a mi casa. Traspongo la puerta, saludo a Lilith, mi gata, y no es un piso de tres habitaciones donde arribo, sino al Jardín, mi hogar, mi refugio. Estáis invitados.

V.C.

1 comentario:

The Jolly Joker dijo...

Qué dos figuras te cruzaste ese día! Un chiquito adolescente, desfiante, endrurecido, un drogata que apela a una salvación que él mismo ha desdeñado. Qué tristeza me causan ambas...
Pero yo me pregunto, nosotros que nos consideramos lo bastante maduros y equilibrados para ver la contradicción de estas dos figuras, (que no aparentamos, que lo llevamos dentro)... ¿En qué posición estaremos cuando nos mire alguien a nosotros? ¿De qué no nos estaremos dando cuenta que para la Verdad sea evidente?