jueves, 25 de septiembre de 2008

Cello

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cello


Las notas se desprenden, pesadas, sonoras, graves, como las hojas de un arce en otoño, rojas, cayendo lentamente.
Pero no caen: la sucesión, que desciende en graves que tocan el alma, acariciándola con su profundidad, asciende un poco más agudo para crear ese sentimiento que indica a tu corazón cómo latir, para descender después, esa sucesión te transporta, te ama, te envuelve.
De una caja profunda y moldeada, de color ámbar oscuro, emergen las notas, las cuerdas acariciadas, pulsadas, carne deslizándose sobre ellas como la caricia de un amante.
Sabes que cuando habla los dioses callan y su bella voz barítono te envuelve como el humo azul del mejor opio. Es la concatenación de las notas, graves y agudas, las que crean la combinación que abre la cerradura de tu alma que es enredada y acariciada por su voz.
Ahora, ese cello con el que tu amor tocaba yace en ese desván del recuerdo, apoyado en una silla, frío, contenido, triste, sumido en una muda melancolía, a la espera de que esas manos que tanto amaste vuelvan a hacer estremecer, cantar, vibrar su madera con los acordes de la sinfonía de tu y su ser.
Hasta que ella llegue y toque de nuevo…
Toque de nuevo…
Toque…

Cello

jueves, 4 de septiembre de 2008

Fantasmagoría

FANTASMAGORÍA


Las campanas de la catedral hacen retumbar el lóbrego y pesado silencio, neblinoso, que arropa y amortaja la ciudad.

Sólo las sombras brumosas se deslizan, silenciosas y discretas por los alrededores. Una bandada de cuervos aletea en las torres, una vez el bronce vibrante decide callar finalmente y volver a sumirse en su quieto sueño helado.

Me encontraba de visita. No, no a la catedral, enorme construcción de la semilla egocéntrica cristiana. Templos de Dios, lo llaman. He estado en San Pedro y a mi me pareció un templo al hombre. Pero dejemos la teología. Por hoy al menos.

Decía que estaba de visita. Cierto. En un lado, —para mí el único bello—, de la catedral hay una pequeña cancela, traspuesto un jardín de naranjos. Está hecha de hierro templado, negro y ominoso, rematada la reja con puntas de lanza lisadas, señalando a un cielo gris y plúmbeo que hace media hora ha descargado una parte de su furia y, tronante, volverá a hacerlo a lo largo de la ya avanzada tarde.

Siempre hago el mismo recorrido: entro y cierro tras de mi —no me gustan las interrupciones—, atravieso el jardín de tumbas, ajadas y cargadas de líquenes, con enredaderas raquíticas abrazadas y letras musgosas y erosionadas. Al pasar por la tumba de Emmanuelle acaricio, como siempre, con delicadeza, la faz del ángel orante que hoy, por la lluvia filtrada entre sus bucles pétreos, parece llorar por alguien enterrado a sus pies y que, en el fondo, no conoce pese a guardarlo desde 1.876.

Paso ante el mausoleo de la familia Rovira-Almagro-Oñate, y saludo, como siempre, a sus moradores, a través de la puerta entreabierta. Es un mausoleo enorme, de dos plantas bajo tierra. Sería un buen sitio para montar un local social. Sonrío de colmillo.

Finalmente llego: es una tumba extraña, flanqueada por dos pequeñas figuras encapuchadas de la misma altura de la lápida y que parecen abrazarse a ella. Tiene una los a de mármol blanco y un delicado detalle en mármol negro: una rosa.

Adrienne Carmille Du Fôret.

(1.815-1.837)

Siempre me siento en un banco que hay al lado y hablo con ella. Imagino una voz dulce de inflexión delicada.

Ya le he preguntado todo lo que se me ocurría; le he recitado poemas y canciones, leído a Poe y Borges.

Ese día en cuestión la rosa parece trémula con sus gotas de agua derramada por el cielo.

Una leve bruma se arrastra por todo el camposanto como un pesado manto, y la bruma difumina y da cualidades etéreas e irreales a toda construcción.

La bruma se agita de golpe y el viento arrastra hasta mi una fantasmagoría; ola niebla se ahueca, se estira, perlada por la carga de gotas diamantinas y puras. Y se forma una imagen tenue y temblorosa. Perfil griego, túnica blanca y recogido francés en los bucles del cabello. Pendientes de diamante, ojos grises.

Estira una mano larga de dedos finos y blancas uñas hacia mi. Cuando nuestras palmas se toca, mi mano se empapa de agua. Ella sonríe. Una ráfaga de viento deshace la fantasmagoría.

Estoy de pie, parpadeando estúpidamente bajo la luz esquiva de una farola nimbada por la niebla. Mi corazón estremecido —¿pavor o amor?— se bambolea, borracho, sintiendo la mano rozada palpitante. Rozo con los dedos el fino mármo y, al hacerlo, advierto que , tras la lápida, pegada al muro de la catedral, temblorosamente ha florecido un pequeño lirio blanco.

Sonrío. Me doy la vuelta lentamente y me encamino a la salida. El viento susurra una canción oscura entre las ramas de tejos y saúcos, coros arbóreos.

Finalmente salgo del cementerio, de nuevo a la calle, reluciente por el agua; ciudad brumosa, antigua y enigmática, repleta de callejones cargados de historia y tragedia.

¡Y qué si la gente no es capaz de verlo! ¡Qué más me da que para ellos sea un día despejado de pesado sol otoñal! No son capaces de ver el reverso, de apreciar que, tras el manto banal de la Realidad, existe un mundo cargado de Belleza. Cada cual puede tener el suyo. O suyos.

Las sombras tenues en la bruma —ruidosos turistas sudorosos y maleducados— se esfuman y me pierdo en los callejones céntricos hasta volver a mi jardín. El Jardín del Dolor, con una fantasmagoría que añadir al ambiente del lugar.



Vincent.



Dedicado a Lady Misericordia por tener paciencia conmigo.




lunes, 1 de septiembre de 2008

Nymphetamine (Cradle of Filth, Nymphetamine, 2006)

Lead to the river
Midsummer, I waved
A ‘V’’ of black swans
On with hope to the grave
All through Red September
With skies fire-paved
I begged you appear
Like a thorn for the holy ones

Cold was my soul
Untold was the pain
I faced when you left me
A rose in the rain
So I swore to the razor
That never, enchained
Would your dark nails of faith
Be pushed through my veins again

Bared on your tomb
I’m a prayer for your loneliness
And would you ever soon
Come above unto me?
For once upon a time
From the binds of your lowliness
I could always find
The right slot for your sacred key

Six feet deep is the incision
In my heart, that barless prison
Discolours all with tunnel vision
Sunsetter
Nymphetamine
Sick and weak from my condition
This lust, a vampyric addiction
To her alone in full submission
None better
Nymphetamine

Nymphetamine, nymphetamine
Nymphetamine girl
Nymphetamine, nymphetamine
My nymphetamine girl

Wracked with your charm
I am circled like prey
Back in the forest
Where whispers persuade
More sugar trails
More white lady laid
Than pillars of salt

Fold to my arms
Hold their mesmeric sway
And dance her to the moon
As we did in those golden days

Christening stars
I remember the way
We were needle and spoon
Mislaid in the burning hay

Bared on your tomb
I’m a prayer for your loneliness
And would you ever soon
Come above unto me?
For once upon a time
From the binds of your lowliness
I could always find
The right slot for your sacred key

Six feet deep is the incision
In my heart, that barless prison
Discolours all with tunnel vision
Sunsetter
Nymphetamine
Sick and weak from my condition
This lust, a vampyric addiction
To her alone in full submission
None better
Nymphetamine

Sunsetter
Nymphetamine
None better
Nymphetamine

Una letra gótica y reminiscente como una luna llentra entre jirones parcheados de nubes. Su vos alta y cálida puede sonar por los recovecos del Jardín. la voz de Dani, por contra, se eleva de los oscuros hucos y estanques de aguas muertas, de los tocones de los viejos árboles que sucumbieron a la Noche del Alma y decidieron abandonar.
Figuras entre burmas, ecos entre sueños espectrales.

Sentado en uno de los bancos de negro mármol de veta blanca contemplo en silencio el conglomerado del Jardín.
Hermoso sería tener un mapa de él, pero es vasto en magnitud y riqueza, amén de no ser un lugar sólamente físico, sino espiritual. Cada uno puede hacerse su propio mapa.

http://es.youtube.com/watch?v=6dW6aNAZGTM


Deliciosamente oscuro, ¿Verdad?

Vuelta a Casa




Jueves, 16:15, 29º C, 84,23º F.

Está nublado y la ciudad parece aletargada en la quietud de una tarde de ambiente otoñal pese a que estamos en pleno agosto y, desgraciadamente, aquí, el Otoño no llega hasta Octubre-Noviembre.

Vuelvo del trabajo en la moto, deslizándome en el asfalto, solitario, sintiéndome agradablemente solo en la urbe durmiente y aletargadas. Los edificios, horribles constructor de hormigón y ladrillo me flanquean, colmenas que albergan en su interior a la “educada sociedad, decente y correcta”.

Una brisa fresca me acompaña. Paso delante de una funeraria donde un amigo, ahora Perdido en su estólida contumacia de aislamiento incomprendido autoimpuesto, entró una vez a pedir un catálogo de tumbas para llevar. ¿por qué miran extrañamente, como a enfermos, a aquellos que se interesan por la muerte? Cuando cruzo un puente el mundo se ralentiza: un presunto gótico cargado de pinchos y rimel, medias de rayas y collar de perro. Nos miramos brevemente, cruce de miradas. No lo conozco. Aparece en sus ojos un brillo duro de desafío y supuesta superioridad y chulería. Frisará los quince años. Mi única respuesta es una sonrisa colmilluda, de través, que no puede ver por el casco que me protege la cabeza.

Ese estatus autogenerado de Oscuro,. Gótico, Dark, Blacky, Goth, no te hace superior a nadie chaval. Te marca como alguien que mira el mundo de una peculiar manera. Yo no aparento esa oscuridad. Visto de oscuro, pero alterno con otros colores. Mis insignias son discretas pero notorias a ojos entendidos. Dos muñequeras (a veces negras, a veces marrones), y al cuello una cadena pequeña de eslabones de plata de la que pende una cruz de lobo, de la que ya os hablaré en otra ocasión.

El mundo retoma su censo. Continúo. Cerca de mi casa (vivo solo, independizado y mi trabajo me cuesta), paro en un semáforo y veo algo que me despierta una mórbida curiosidad. El susodicho semáforo es colindante con un barrio nido de drogatas y trapicheantes. Un asco, vaya. Se me cruza un menda. Moto blanca, Piaggio Zip, muy popular entre la chusma por lo barato y lo fácil de conseguir piezas (hay tantas que se las puedes robar a cualquiera, lo he visto). Pero me llama la atención dos cosas: una, la fisonomía del pendejo en cuestión: insanamente flaco, sucio, tatuajes azulados y borrosos. Picotazos de agujas en ambas corvas, tras la rodilla, purulentos algunos. Dioses, y dicen que el tercer Jinete no ha llegado. Y el segundo detalle: en el casco negro y sucio, de años ha, un montón arracimado pegatinas de vírgenes y cristos, así como en la moto e incluso la matrícula.

Un sacrílego —bueno, lo sería si yo fuera cuando menos cristiano—, pensamiento cruza mi mente. Cuando se coloda de la mierd* que se pinche, esnife o fume, ¿tendrá epifanías, visiones celestiales?¿O lleva todas esas imágenes como “proteccion” contra sus demonios?

Verde. Arrancamos. Dos calles más en las que resuena el escape grave de mi moto. Por fin. Llego a mi casa. Traspongo la puerta, saludo a Lilith, mi gata, y no es un piso de tres habitaciones donde arribo, sino al Jardín, mi hogar, mi refugio. Estáis invitados.

V.C.