miércoles, 28 de octubre de 2009

KALT










Kalt. Frío.

El bosque no se apiada de nadie. Es duro. Pero más lo es todavía el Señor Invierno. Ahora ella duerme junto a la tenue hoguera, envuelta en sus pieles más una: mi capa de oso.

Me muevo para no aterirme. Me duele todo. La nieve, como un sudario blanco, frío, inclemente, constante, se deposita como un beso silencioso. No hace viento. Todo en calma. La corteza blanca de los abedules me miran en expectante silencio. Sombras que se arraciman. Silencio. Invierno.

Ya no sé si el silencio, la nieve y el Invierno están fuera o dentro, en el exterior, un bosque callado, fantasmas de madera blanca, una fraga de quietud hostil, o en mi interior, una floresta invernal en mi interior, arrasada por el silencio y la nieve que, poco a poco, lo enfría todo. A mí. A ella. ¿Qué pasará cuando el helor apague el último rescoldo y sólo haya nieve sobre unos troncos ennegrecidos, sobre unas brasas agrietadas e irrecuperablemente frías, como piedras?

KALT.

FRIO.

EN EL BOSQUE.

EN EL ALMA.

EN EL CORAZÓN.

NO SE SI ELLA DESPERTARÁ…

martes, 1 de septiembre de 2009

El Último Enemigo




Los ecos de la batalla resuenan en mis oídos. Polvorienta, mi vieja espada cuelga de una triste cadena, sobre el hogar.

Envejecido y achacoso, este viejo guerrero se pregunta si todo valió la pena: las batallas, las muertes, el honor, los rangos.

La vida sigue, y ahora comprendo, con los ojos del tiempo y la vejez, que habría seguido independientemente de mis glorias y estrategias.

Ahora estoy herido por algo más profundo que una hoja, que una lanza o una saeta: el tiempo. Qué será de este guerrero que espera la muerte en su hogar solitario, en su silla quejumbrosa ante el fuego, pues el invierno inclemente, el exterior y el interior, el del bosque y la edad lo atenazan y retienen.

Muchos son los amigos que ha visto caer, los que quedaron atrás, retenidos por la tumba, la hoja y la política. Este viejo guerrero los añora, cuando todos juntos, bebíamos y gozábamos. Los asientos vacíos en las tabernas eran cada vez más dolorosos, más agudos, hasta que dejamos de acudir. En la última batalla sólo quedábamos dos de la vieja guardia y, hastiados de la muerte, la sangre y el honor de la batalla, sólo buscábamos la muerte del guerrero, su último orgullo. Sólo uno lo encontró. Y no fui yo.



Y entonces volví al hogar, donde nadie me esperaba. Mis hijos, muertos o en otros países. Mi mujer enterrada tiempo ha, a la que dediqué menos tiempo que a mi espada. Ese pedazo de metal que cuelga ahora, silencioso, que tantas vidas ha segado y que debería estar tinta en sangre, que nunca me ha dado nada, salvo peligros; que está más amoldada a mi mano que la cara de mi difunta esposa; ese instrumento del que a veces me pregunto se no será el maligno amor de mi vida, no responde a mis lamentos.

Este viejo chochea ante el fuego, con el vaso de cuero en la mano y su contenido insípido, en una casa repleta de fantasmas de recuerdos, con los labios cuarteados y resecos, en los que el hálito del último beso se secó hace décadas, esperando al enemigo final, al inevitable... ¡Muerte, llévame!


Pues ha reconocido a su contendiente, a su invencible enemigo: la Soledad.



Morirá con la lumbre, como un carbón, que en realidad, dá lo mismo si se enciende o no, si es honorable o no. Morirá.

jueves, 9 de julio de 2009

Alleine Zu Zweit

Al principio era un sonido tenue, que se deslizaba entre las ramas, filtrado por las hojas que refulgían en plata bajo la luz de Selene. A esa hora tardía , los fuegos fatuos iluminaban algunos claros del bosque. Y el sonido se incrementó. Si nos deslizamos entre las ramas, sortando esos círculos de hongos, los llamados Círculos del Diablo; si después de saludar a las dríadas, perfumadas de oscuridad y musgo, que nos miran con su sabia sonrisa, pues saben nuestro destino, y continuamos, cruzamos el arroyo canturreante, respirando la atmósfera de humedad dulce, de las suaves lluvias de esa tarde, después de toda esta ruta por la mágica foresta, vemos la vieja torre. De allí viene el sonido que impregna este sueño.

*

Desde la única ventana en la que arden las bujías de ve la silueta; un violín gris sujeto entre las expertas manos, que ejecutan los rápidos movimientos, arrancando, acariciando las cuerdas los bellos sonidos que se deslizan torre abajo. ¿Por qué? ¿Por qué toca a la oscuridad... ? Por ella
Sus labios musitan unas palabras...

"Tanz, mein Leben, Tanz"
"Danza, mi vida, danza"








Y es cuando ella aparece. Tímidamente, desde detrás de uno de los azules fuegos fatuos, en el centro de uno de los Círculos del Diablo. Sus pies tocan, con una sensación de frescor, la tierra húmeda. Escucha la música, o las palabras de él, y se estremece. Sus piernas empiezan a ejecutar pasos de ballet. Su cuerpo se arquea, alzado por las notas, por la música. O por las palabras de él.

"Alleine zu Zweit"
"Solos los dos"

Salta, cimbrea entre los árboles, la niebla baja se enreda en sus finos tobillos, en su cuerpo, como ella acaricia la hiedra oscura, como ella evoluciona alrededorde los añosos árboles musgosos. Sus delicadas manos se elevan, con la música, o las palabras de él, buscando la luz de la luna de invierno que los ilumina a ambos.
Ella Danza para el mientras el sonido del violín gris cae como una cascada dese la torre, envolviéndose en la música, o en las palabras de él. Y cuando el violín cesa su música,

"Tanz, mit mir"
"Danza conmigo"

el susurro cae lentamente, y ella se abraza, sus ojos buscan el ámbar de la ventana, tras las guedejas de sus rizos y entonces lo ve otra vez más, y susurra con él la música de aquellas palabras:

"Tanz, mein Leben, Tanz
tanz mit mir,
tanz mit mir noch einmal
in den pure Rausch der nackten Liebe"

"Danza, mi vida, danza
danza conmigo,
danza conmigo una vez más,
en este puro éxtasis de amor desnudo"

Ella manda un beso con un susurro,

"Alleine zu Zweit"
"Solos los dos"


Y con una lágrima, una furtiva lágrima , se despide una vez más, una noche de luna más, y vuelve con un corto giro, hasta el lugar etéreo donde descansa.
Y el violín gris retorna a su funda, esperando renovar el hechizo para poder verla Danzar una vez más, elevándose en su amor.



"Tanz"


*De la canción Alleine zu Zweit de Lacrimosa.


viernes, 29 de mayo de 2009

Perdidos en lo Profundo



Cuenta la llamada conspiranoia que unos radioaficionado italianos, a la sazón, los hermanos Achille y Giovanni Judica-Cordiglia, pudieron acceder a las frecuencias soviéticas relativas a los programas espaciales. Y en 1.960 captaron el SOS de un objeto que se alejaba cada vez más de la órbita de la Tierra.
En 1.961 captaron una segunda transmisión, atribuida a Ludmilla Tokovy, la pirmera mujer cosmonauta, -supuestamente- en la que afirmaba en la entrada a la atmósfera se estaba quemando.

¿Os imagináis?
El frío espacio, indiferente, como el único testigo de tus gritos, de tu agonía. Tu cuerpo flotando suavemente en la nada.

¿Dónde llegará tu cadáver, antes de qeu el traje se descomponga y se destruya, esparciéndo tus restos? ¿Se estrellará contra la Luna u otro satélite que no lo destroce por la gravedad? O símplemente girará lentamente hacia ninguna parte...

Uno de los grandes miedos de los seres humanos es morir solos. Pero morir en la nada, en un lugar en el que nadie puede ayudarte, un lugar dónde sólo las frías estrellas te contemplan, dónde cuentas cada segundo de oxígeno que te queda... o no.
La aceptación.
Aceptas que invariablemente vas a morir. Que sucederá, de eso no hay duda. Y miras lo que puedes abarcar, y sabes que es más de lo que eres capaz de asimilar. Te sientes cuasi microscópico. ¿Encontrarán otros seres mi cuerpo, helado y descompuesto? ¿Qué pensarán? Seguramente que me lo merecía.

Soy el cosmonauta perdido en lo profundo de un espacio negro y hostil, helado e imperturbable.
A veces, en la vida, uno se siente así. Perdido en lo Profundo.

martes, 21 de abril de 2009

Poema Breve





De las profundas simas
Animas extrañas se arraciman a un son.
Druidas oscuros cantan sus llamadas
Invocan a la reina oscura.
Reina que descalza baila
Ungida con la sangre de mil hombres
Corcovea en un campo yermo
Surge su voz en respuesta a los hechiceros
Oropel negro, inclús de sangre que alberga un grito.

Ningún enemigo acecha en la llanura,
Inmóvil permanece el bosque ante el vigía.
SPQR reza su estandarte.

Zarandeado por el viento, el legionario despierta.
Un oscuro espíritu danza ante él.
Largos aullidos de venganza y carnicería surgen de entre los árboles.

Y el caos se libera
Aullan los hombres
Hecatombe contra los invasores.

Ondean ahora rasgados pendones entre las llamas
No osarán volver al límite del bosque de los Druidas.

martes, 10 de febrero de 2009

El Niño del Pelo Rojo

La luz blanca del relámpago iluminó un solo recuadro sobre el acolchado de la celda de aislamiento.
El doctor se asomó, e iluminó con su linterna pequeña de seis diodos y luz clara los rincones. Allí estaba. Acuclillado, con la camisa de fuerza. Veía el brillo de sus ojos destilando odio entre sus pegajosos cabellos del flequillo, dos puntos brillantes en la oscuridad. Y sonreía. Y sin embargo, el muy bastardo sonreía.
Se le había sometido a todo tipo de terapias, desde las farmacológicas hasta las de choque más agresivas que se conocían. Lobotomías, psicofármacos, privación de sueño, terapias que aún no tenían nombre… Y no reaccionaba. Ante ningún estímulo. Se acuclillaba, sonreía, y los miraba con desprecio y odio puro, sin destilar. No le habían arrancado ni un grito, ni una muestra de dolor. Fantasearon con dolencias de inhibición del dolor; le drogaron la comida y el agua: sin reacción, las drogas no le hacían efecto; es decir, ocurría lo imposible. Apenas sangraba, no se quejaba y la electricidad no le afectaba. Las radiografías salían blancas, veladas. Pero no oponía resistencia.

*

Todo empezó con la aparición de ese muchacho vagando solo por las calles de aquella pequeña ciudad. Cuando entró por uno de los ramales del río embovedado, una de las zonas más deprimidas, nidos de yonquis y vagabundos, repleto de huecos oscuros y a salvo de los vientos, salvo cuando soplaban del sur, cinco hombres se le acercaron. Dos tenían buenas intenciones. Uno pretendía robarle sin hacerle daño. Los otros dos querían algo más oscuro y retorcido con su carne suave. Todos murieron. Su sangre salpicó y adornó las paredes en violentos sifonazos. El niño siguió caminando, sin inmutarse. Los rojizos cabellos agitados por el viento, cubriéndole los ojos.
Cuando entró en el distrito de los muelles, seis personas, buenas y malas lo vieron y se dirigieron hacia él con buenas y malas intenciones. Los seis murieron violentamente. Un grupo atacó a uno de ellos, otros dos se acercaron a la vez y acabaron peleándose, hasta que, bajo la atenta mirada del crío se provocaron heridas de muerte. Los otros tres murieron de manera horrible: uno despedazado, otro aplastado, el último atropellado por un tren de mercancías. Su sangre empapó el asfalto, la tierra, el agua oleosa del puerto y el metal de los contenedores y grúas.
Conforme el niño caminó por la zona residencial, inusitados brotes de violencia hicieron mella en las familias. Asesinatos, violaciones y mutilaciones, explosiones y atropellos, cristales rotos y sangre, sangre vertida, derramada, ofrendada y embebida por la tierra, la madera, el metal, la carne y las gargantas de profundos y cálidos latidos, esos latidos martilleantes que afectaban a las mentes…
Cuando media ciudad se aprestaba a matar a la otra media, presa de un odio visceral, de un terror paranormal, de pronto, todo se calmó. El niño estaba sentado en un banco pintado de blanco, de madera, junto a unos columpios quejumbrosos que solo se movían para los fantasmas, al son del viento y los remolinos de hojas otoñales.
El niño alzó la vista. Recogió las rodillas entre sus brazos.

Todo volvió a la normalidad. La gente volvió a sus casas, durmió y luego buscó una explicación racional para lo ocurrido y lo que pudo llegar a ocurrir. Envenenamiento de los pozos, la comida, brotes de histeria colectivos, drogas en estado gaseoso, experimentos del gobierno o de empresas farmacéuticas… cualquier cosa con tal de no hacerse responsables de sus propios actos, cualquier explicación, por fantasiosa que fuera, para deshacerse de la culpabilidad de ser capaces de los más atroces crímenes.

Poco a poco, la figura del niño llamó la atención. La gente se le acercó. Nadie murió, todavía. Salvo un anciano, pero estaba débil del corazón, y fue demasiado resistir la tentación de hacer que pegara a varios jóvenes vigorosos hasta que éstos le dieron una paliza (cuatro empujones y alguna patada, en realidad) que le provocó la muerte. Al margen de este acontecimiento aislado, los mecanismos de salvaguarda de la moral y los absurdos escrúpulos éticos humanos, los mismos que les hace construir los mataderos fuera de las ciudades para no sentirse culpables por alimentarse de la carne de las graciosas pero estúpidas vacas o los dulces corderillos, quedaron activados. Los servicios sociales llegaron y se lo llevaron (él se dejó conducir, claro). Pero no dijo palabra alguna. No rebeló ni su nombre ni su procedencia. Dedujeron por su actitud que tenía algún trastorno mental parecido al autismo, ergo lo remitieron a una institución psiquiátrica, donde se encontraba ahora, tranquilo, acuclillado en su celda, sonriendo macabramente.


*

Los sueños repletos de sangre empezaron en el sur de la ciudad, con las primeras ráfagas de viento. Los de miedo con los cielos nublados y la tormenta. Los de odio con los temblores de tierra. Imperceptibles para los anquilosados sentidos humanos, pero los animales empezaron a aullar, rascar, bufar, piafar y a intentar escaparse. Por muy íntima que fuera la relación con sus dueños, antes del amanecer no quedaba ni un solo animal en la ciudad.

Todas aquellas personas, sin excepciones, se consideraban buenas, aunque estuvieran podridas. O aunque fueran virtuosas, tanto que no eran capaces de ver la verdad, pues a lo mejor la verdad no era la virtud.

De nuevo el espíritu violento despertó.

El muchacho estaba sentado con las rodillas rodeadas por los brazos, sobre una silla de aluminio y una mesa de aglomerado. Un médico halitoso estaba sentado ante él, mascando un chicle de menta. Sus gafas estaban impolutas, su cabeza sostenía algunos de los pocos pelos que le quedaban como un calvero en un bosque, cada vez más amplio.

El odio entró por la carretera. Un gran camión de mercancías hizo volcar un autobús escolar lleno de niños y siguió y siguió, hasta llegar al corazón del pueblo.

La serie de preguntas era, una vez más, estúpida, obvia… humana y por lo tanto, ciega.

El terror entró por la pista de aterrizaje del helipuerto. Un tornado violento arrasó todo el aeródromo e hizo estallar todos los depósitos de combustible. La gente quedó atrapada entre las llamas abrasadoras que, furiosas, parecían las lenguas de fuego de alguna criatura milenaria y extinta, mitológica, renacida.

—Ya están aquí.

La ola de odio incontrolable. La gente en la calle, armada, empezó a atacarse. La batalla campal, los edificios ardiendo, el sonido de los cristales al romperse, los chillidos de la inocencia quebrada, los gritos agónicos del amor roto.

—¿Quiénes? —quiso saber el doctor, visiblemente nervioso, mientras, nerviosamente apuntaba las palabras del niño.

El terror es capaz de provocar extrañas reacciones. Como la de atacar lo que no entiendes, lo que está en medio de tu huida, entre tú y el pavor que te sigue, te pisa los talones y cuyo aliento en tu nuca te enceguece. Y es entonces cuando matas, cuando te abres camino, aplastas, pisas, muerdes y, en tu ceguera, cometes los más bárbaros actos para huir de ese innombrable terror que atenaza tu alma.

—Mis perros. Ya están aquí.

Los huesos blancos estaban enredados entre las raíces de aquél gran roble, en el centro de la ciudad, en el parque. La gente estaba luchando, peleaba. Las viejas rencillas habían salido a la luz. Las facciones se habían organizado. Los atenazados por el odio y el terror estaban llegando para fomentar el caos. Pero dos bandos, con motivos tan oscuros como la noche se enfrentaban.
Y aquellos huesos blancos enredados en las raíces, erosionados, pelados, pulidos, aguardaban.

—¿Qué perros?

—Phobos. Deimos.

El médico se asustó. Mucho. Hasta el paroxismo.

El cráneo miraba con sus cuencas vacías al vacío de los cielos. Era mediano, apenas el de un hombre joven. Sus huesos, rotos, habían sido ocultados entre los recovecos de la tierra del parque. Desde su temprana muerte, nadie lo había echado de menos. Fue doloroso. La agonía. Los machetazos en su cuerpo. Las mutilaciones. El sufrimiento. Y un pueblo que en lugar de buscar al culpable empezó a echarse mierda encima, los unos a los otros, a enzarzarse en rencillas antiguas como el sol.

—¿Pero tú quién eres? —espetó, temblando.
—Alguien a quien un moribundo, su hijo olvidado, llamó sobre un charco de su propia sangre. Alguien a quien pidieron venganza sobre usted y sobre toda esta ciudad que no sólo no quisieron prestar atención a su muerte, sino que además lo olvidaron y sus huesos se blanquearon bajo un roble.

La sangre salpicó la calavera, y el fantasma aulló. No de gozo. No de satisfacción. Aulló de dolor. Pues su venganza sobre todo y todos sólo le provocaba más dolor, exponencialmente. No pretendía toda aquella destrucción...

—Soy Ares.

jueves, 29 de enero de 2009

El Fin del Mal

Miró, como desde otro mundo, el cadáver, tirado en la tierra batida de la cancha de tenis. El muchacho tenía aquella estúpida cara de sorpresa que le hizo desdeñarlo desde el principio. Llovía. Seguro que se merecía aquello. Estaba convencido.

La noticia saltó a las primeras planas. El tercer cadáver que la policía encontraba en la última semana. Increíble. ¿Cómo no podían encontrar al autor de semejantes atrocidades?. El día se presentaba mal. Sus superiores estarían hambrientos de cabezas rodantes a raíz de los últimos acontecimientos. Compadecía a las víctimas. En cada mesa había un periódico en el que se veían las caras de las tres víctimas. Como si no las tuviera ya vistas. Pobrecillos. Que injusticia más grande suponía morir a tan temprana edad. Si al menos pudiera salvar a una de las víctimas. Sólo a una de ellas…

Conrado no podía menos que odiar aquellos titulares escritos por gentes débiles de carácter que no era capaz de ver más allá de sus narices. Y las víctimas, estúpidas que se dejaban matar, que se ofrecían como corderos en el matadero. Esas caras de sorpresa impresas en las facciones de cera, ya muertos. Ahora debía seguir con su trabajo. Pronto bajaría a ver a la nueva víctima.

Mateo volvió tarde a casa. Como en los últimos días, la última semana, lleno de oscuras sorpresas que no podían menos que quitarle el sueño. No entendía cómo podía existir gente así, tan llena de mal, tan carcomida por la oscuridad como para realizar aquellos actos obscenos que luego saltaban a los titulares como bombas morales que sacudían a la torpe sociedad de sus cómodas posiciones afincadas en el Bienestar.

Conrado recorría las calles, seguro de lo que ocurriría a continuación; la víctima futura se estaría paseando. Ya se relamía, ya sentía el regusto en sus labios. Sabía el por qué. Había estado oculto en su interior durante tiempo, y ahora podía hacerlo. Observaba, gozoso, sintiéndose poderoso, su sombra avanzando por los muros, como la de un silencioso depredador. La lluvia proseguía, atronaba en sus oídos, pero concentrado como estaba en su labor de caza, contemplaba el mundo con sus ojos fríos y selectivos.

Inquieto, Mateo había salido. Se había puesto la gabardina y ahora, tras una carrera en el coche, caminaba por las calles que tan bien conocía, tratando de encontrar esa persona en peligro que su instinto le avisaba, estaba cerca. Si al menos pudiera salvar a una… Sabía en su interior que pronto ocurriría, que pronto se desataría el Caos y él estaría allí para detenerlo.

La puta se había acercado a la víctima. Conrado veía a aquellas odiosas chupapollas sólo eran menos odiosas que los que las contrataban. Unas vendían su alma, las otras vendían su cuerpo. Odiosos. Deleznables. Débiles. Aguzó la vista, pendiente del movimiento que le indicaría cuando actuar, cuando abalanzarse y regodearse en su cara estúpida de sorpresa que se le quedaría impresa…

Mateo, la espalda apoyada en el escaparate de una vieja tienda de esoterismo se siente temblar. Puede sentir el mal fluctuar, las conciencias viles, la fijación por la muerte que colma el aire. Y de pronto, allí lo siente más fuertemente. Cerca de un aparcamiento de un supermercado cerrado hace horas, presiente con la firme certeza de un entrenado instinto que está sucediendo, que puede ponerle coto y fin a esa pesadilla. Corre, con la gabardina empapada ondeando tras él. Se detiente tras un coche y ve como se produce ante sus estupefactos ojos. Saca su arma. Va a ponerle fin. El mal debe acabar. Y acabará esta noche. No va a consentir que la pesadilla siga.

Conrado se ha dado cuenta y está en plena ejecución de su plan. Lo tiene delante en ese gran supermercado y ve a la víctima, agazapada. Sabe lo que va a ocurrir a continuación y que la sangre salpicará, que la cara de espanto será mejor que las anteriores. Sin piedad sonríe y pone su arma favorita en la mano y se acerca lentamente…

Y por fin, el Mal cederá su lugar al Bien. Tensa el brazo, el arma asegurada en la mano, firme, sin miedo. La pesadilla acabará y la sangre inocente no volverá a...

—¡Alto o disparo hijoputa!

La voz truena en el vacío lugar, reflejada por el oscuro y hueco edificio. Se da la vuelta sonríe. El arma a punto. La víctima piensa en correr, pero su miedo le imposibilita. Lo ha congelado. Unos pasos se alejan en la oscuridad.

Mateo se mueve, rápido, seguro, va a ponerle fin de una maldita vez.

Conrado, sin inmutarse lo contempla. Pero sabe lo que va a pasar. Esta vez la víctima es la más propicia.

Un disparo resuena, rugiente.

La Tribuna del Lector

La policía logró detener finalmente al conocido como el Asesino del alambre, caracterizado por asfixiar a sus víctimas con un alambre de espino. Todo ocurrió anoche alrededor de la una de la madrugada cuando el teniente de policía Conrado Cifuentes disparó al asesino que se negó a entregarse, y que respondía al nombre de Mateo Marchena.

Este periódico logro saber de los hechos…