martes, 10 de febrero de 2009

El Niño del Pelo Rojo

La luz blanca del relámpago iluminó un solo recuadro sobre el acolchado de la celda de aislamiento.
El doctor se asomó, e iluminó con su linterna pequeña de seis diodos y luz clara los rincones. Allí estaba. Acuclillado, con la camisa de fuerza. Veía el brillo de sus ojos destilando odio entre sus pegajosos cabellos del flequillo, dos puntos brillantes en la oscuridad. Y sonreía. Y sin embargo, el muy bastardo sonreía.
Se le había sometido a todo tipo de terapias, desde las farmacológicas hasta las de choque más agresivas que se conocían. Lobotomías, psicofármacos, privación de sueño, terapias que aún no tenían nombre… Y no reaccionaba. Ante ningún estímulo. Se acuclillaba, sonreía, y los miraba con desprecio y odio puro, sin destilar. No le habían arrancado ni un grito, ni una muestra de dolor. Fantasearon con dolencias de inhibición del dolor; le drogaron la comida y el agua: sin reacción, las drogas no le hacían efecto; es decir, ocurría lo imposible. Apenas sangraba, no se quejaba y la electricidad no le afectaba. Las radiografías salían blancas, veladas. Pero no oponía resistencia.

*

Todo empezó con la aparición de ese muchacho vagando solo por las calles de aquella pequeña ciudad. Cuando entró por uno de los ramales del río embovedado, una de las zonas más deprimidas, nidos de yonquis y vagabundos, repleto de huecos oscuros y a salvo de los vientos, salvo cuando soplaban del sur, cinco hombres se le acercaron. Dos tenían buenas intenciones. Uno pretendía robarle sin hacerle daño. Los otros dos querían algo más oscuro y retorcido con su carne suave. Todos murieron. Su sangre salpicó y adornó las paredes en violentos sifonazos. El niño siguió caminando, sin inmutarse. Los rojizos cabellos agitados por el viento, cubriéndole los ojos.
Cuando entró en el distrito de los muelles, seis personas, buenas y malas lo vieron y se dirigieron hacia él con buenas y malas intenciones. Los seis murieron violentamente. Un grupo atacó a uno de ellos, otros dos se acercaron a la vez y acabaron peleándose, hasta que, bajo la atenta mirada del crío se provocaron heridas de muerte. Los otros tres murieron de manera horrible: uno despedazado, otro aplastado, el último atropellado por un tren de mercancías. Su sangre empapó el asfalto, la tierra, el agua oleosa del puerto y el metal de los contenedores y grúas.
Conforme el niño caminó por la zona residencial, inusitados brotes de violencia hicieron mella en las familias. Asesinatos, violaciones y mutilaciones, explosiones y atropellos, cristales rotos y sangre, sangre vertida, derramada, ofrendada y embebida por la tierra, la madera, el metal, la carne y las gargantas de profundos y cálidos latidos, esos latidos martilleantes que afectaban a las mentes…
Cuando media ciudad se aprestaba a matar a la otra media, presa de un odio visceral, de un terror paranormal, de pronto, todo se calmó. El niño estaba sentado en un banco pintado de blanco, de madera, junto a unos columpios quejumbrosos que solo se movían para los fantasmas, al son del viento y los remolinos de hojas otoñales.
El niño alzó la vista. Recogió las rodillas entre sus brazos.

Todo volvió a la normalidad. La gente volvió a sus casas, durmió y luego buscó una explicación racional para lo ocurrido y lo que pudo llegar a ocurrir. Envenenamiento de los pozos, la comida, brotes de histeria colectivos, drogas en estado gaseoso, experimentos del gobierno o de empresas farmacéuticas… cualquier cosa con tal de no hacerse responsables de sus propios actos, cualquier explicación, por fantasiosa que fuera, para deshacerse de la culpabilidad de ser capaces de los más atroces crímenes.

Poco a poco, la figura del niño llamó la atención. La gente se le acercó. Nadie murió, todavía. Salvo un anciano, pero estaba débil del corazón, y fue demasiado resistir la tentación de hacer que pegara a varios jóvenes vigorosos hasta que éstos le dieron una paliza (cuatro empujones y alguna patada, en realidad) que le provocó la muerte. Al margen de este acontecimiento aislado, los mecanismos de salvaguarda de la moral y los absurdos escrúpulos éticos humanos, los mismos que les hace construir los mataderos fuera de las ciudades para no sentirse culpables por alimentarse de la carne de las graciosas pero estúpidas vacas o los dulces corderillos, quedaron activados. Los servicios sociales llegaron y se lo llevaron (él se dejó conducir, claro). Pero no dijo palabra alguna. No rebeló ni su nombre ni su procedencia. Dedujeron por su actitud que tenía algún trastorno mental parecido al autismo, ergo lo remitieron a una institución psiquiátrica, donde se encontraba ahora, tranquilo, acuclillado en su celda, sonriendo macabramente.


*

Los sueños repletos de sangre empezaron en el sur de la ciudad, con las primeras ráfagas de viento. Los de miedo con los cielos nublados y la tormenta. Los de odio con los temblores de tierra. Imperceptibles para los anquilosados sentidos humanos, pero los animales empezaron a aullar, rascar, bufar, piafar y a intentar escaparse. Por muy íntima que fuera la relación con sus dueños, antes del amanecer no quedaba ni un solo animal en la ciudad.

Todas aquellas personas, sin excepciones, se consideraban buenas, aunque estuvieran podridas. O aunque fueran virtuosas, tanto que no eran capaces de ver la verdad, pues a lo mejor la verdad no era la virtud.

De nuevo el espíritu violento despertó.

El muchacho estaba sentado con las rodillas rodeadas por los brazos, sobre una silla de aluminio y una mesa de aglomerado. Un médico halitoso estaba sentado ante él, mascando un chicle de menta. Sus gafas estaban impolutas, su cabeza sostenía algunos de los pocos pelos que le quedaban como un calvero en un bosque, cada vez más amplio.

El odio entró por la carretera. Un gran camión de mercancías hizo volcar un autobús escolar lleno de niños y siguió y siguió, hasta llegar al corazón del pueblo.

La serie de preguntas era, una vez más, estúpida, obvia… humana y por lo tanto, ciega.

El terror entró por la pista de aterrizaje del helipuerto. Un tornado violento arrasó todo el aeródromo e hizo estallar todos los depósitos de combustible. La gente quedó atrapada entre las llamas abrasadoras que, furiosas, parecían las lenguas de fuego de alguna criatura milenaria y extinta, mitológica, renacida.

—Ya están aquí.

La ola de odio incontrolable. La gente en la calle, armada, empezó a atacarse. La batalla campal, los edificios ardiendo, el sonido de los cristales al romperse, los chillidos de la inocencia quebrada, los gritos agónicos del amor roto.

—¿Quiénes? —quiso saber el doctor, visiblemente nervioso, mientras, nerviosamente apuntaba las palabras del niño.

El terror es capaz de provocar extrañas reacciones. Como la de atacar lo que no entiendes, lo que está en medio de tu huida, entre tú y el pavor que te sigue, te pisa los talones y cuyo aliento en tu nuca te enceguece. Y es entonces cuando matas, cuando te abres camino, aplastas, pisas, muerdes y, en tu ceguera, cometes los más bárbaros actos para huir de ese innombrable terror que atenaza tu alma.

—Mis perros. Ya están aquí.

Los huesos blancos estaban enredados entre las raíces de aquél gran roble, en el centro de la ciudad, en el parque. La gente estaba luchando, peleaba. Las viejas rencillas habían salido a la luz. Las facciones se habían organizado. Los atenazados por el odio y el terror estaban llegando para fomentar el caos. Pero dos bandos, con motivos tan oscuros como la noche se enfrentaban.
Y aquellos huesos blancos enredados en las raíces, erosionados, pelados, pulidos, aguardaban.

—¿Qué perros?

—Phobos. Deimos.

El médico se asustó. Mucho. Hasta el paroxismo.

El cráneo miraba con sus cuencas vacías al vacío de los cielos. Era mediano, apenas el de un hombre joven. Sus huesos, rotos, habían sido ocultados entre los recovecos de la tierra del parque. Desde su temprana muerte, nadie lo había echado de menos. Fue doloroso. La agonía. Los machetazos en su cuerpo. Las mutilaciones. El sufrimiento. Y un pueblo que en lugar de buscar al culpable empezó a echarse mierda encima, los unos a los otros, a enzarzarse en rencillas antiguas como el sol.

—¿Pero tú quién eres? —espetó, temblando.
—Alguien a quien un moribundo, su hijo olvidado, llamó sobre un charco de su propia sangre. Alguien a quien pidieron venganza sobre usted y sobre toda esta ciudad que no sólo no quisieron prestar atención a su muerte, sino que además lo olvidaron y sus huesos se blanquearon bajo un roble.

La sangre salpicó la calavera, y el fantasma aulló. No de gozo. No de satisfacción. Aulló de dolor. Pues su venganza sobre todo y todos sólo le provocaba más dolor, exponencialmente. No pretendía toda aquella destrucción...

—Soy Ares.