viernes, 29 de mayo de 2009

Perdidos en lo Profundo



Cuenta la llamada conspiranoia que unos radioaficionado italianos, a la sazón, los hermanos Achille y Giovanni Judica-Cordiglia, pudieron acceder a las frecuencias soviéticas relativas a los programas espaciales. Y en 1.960 captaron el SOS de un objeto que se alejaba cada vez más de la órbita de la Tierra.
En 1.961 captaron una segunda transmisión, atribuida a Ludmilla Tokovy, la pirmera mujer cosmonauta, -supuestamente- en la que afirmaba en la entrada a la atmósfera se estaba quemando.

¿Os imagináis?
El frío espacio, indiferente, como el único testigo de tus gritos, de tu agonía. Tu cuerpo flotando suavemente en la nada.

¿Dónde llegará tu cadáver, antes de qeu el traje se descomponga y se destruya, esparciéndo tus restos? ¿Se estrellará contra la Luna u otro satélite que no lo destroce por la gravedad? O símplemente girará lentamente hacia ninguna parte...

Uno de los grandes miedos de los seres humanos es morir solos. Pero morir en la nada, en un lugar en el que nadie puede ayudarte, un lugar dónde sólo las frías estrellas te contemplan, dónde cuentas cada segundo de oxígeno que te queda... o no.
La aceptación.
Aceptas que invariablemente vas a morir. Que sucederá, de eso no hay duda. Y miras lo que puedes abarcar, y sabes que es más de lo que eres capaz de asimilar. Te sientes cuasi microscópico. ¿Encontrarán otros seres mi cuerpo, helado y descompuesto? ¿Qué pensarán? Seguramente que me lo merecía.

Soy el cosmonauta perdido en lo profundo de un espacio negro y hostil, helado e imperturbable.
A veces, en la vida, uno se siente así. Perdido en lo Profundo.