martes, 1 de septiembre de 2009

El Último Enemigo




Los ecos de la batalla resuenan en mis oídos. Polvorienta, mi vieja espada cuelga de una triste cadena, sobre el hogar.

Envejecido y achacoso, este viejo guerrero se pregunta si todo valió la pena: las batallas, las muertes, el honor, los rangos.

La vida sigue, y ahora comprendo, con los ojos del tiempo y la vejez, que habría seguido independientemente de mis glorias y estrategias.

Ahora estoy herido por algo más profundo que una hoja, que una lanza o una saeta: el tiempo. Qué será de este guerrero que espera la muerte en su hogar solitario, en su silla quejumbrosa ante el fuego, pues el invierno inclemente, el exterior y el interior, el del bosque y la edad lo atenazan y retienen.

Muchos son los amigos que ha visto caer, los que quedaron atrás, retenidos por la tumba, la hoja y la política. Este viejo guerrero los añora, cuando todos juntos, bebíamos y gozábamos. Los asientos vacíos en las tabernas eran cada vez más dolorosos, más agudos, hasta que dejamos de acudir. En la última batalla sólo quedábamos dos de la vieja guardia y, hastiados de la muerte, la sangre y el honor de la batalla, sólo buscábamos la muerte del guerrero, su último orgullo. Sólo uno lo encontró. Y no fui yo.



Y entonces volví al hogar, donde nadie me esperaba. Mis hijos, muertos o en otros países. Mi mujer enterrada tiempo ha, a la que dediqué menos tiempo que a mi espada. Ese pedazo de metal que cuelga ahora, silencioso, que tantas vidas ha segado y que debería estar tinta en sangre, que nunca me ha dado nada, salvo peligros; que está más amoldada a mi mano que la cara de mi difunta esposa; ese instrumento del que a veces me pregunto se no será el maligno amor de mi vida, no responde a mis lamentos.

Este viejo chochea ante el fuego, con el vaso de cuero en la mano y su contenido insípido, en una casa repleta de fantasmas de recuerdos, con los labios cuarteados y resecos, en los que el hálito del último beso se secó hace décadas, esperando al enemigo final, al inevitable... ¡Muerte, llévame!


Pues ha reconocido a su contendiente, a su invencible enemigo: la Soledad.



Morirá con la lumbre, como un carbón, que en realidad, dá lo mismo si se enciende o no, si es honorable o no. Morirá.