miércoles, 28 de octubre de 2009

KALT










Kalt. Frío.

El bosque no se apiada de nadie. Es duro. Pero más lo es todavía el Señor Invierno. Ahora ella duerme junto a la tenue hoguera, envuelta en sus pieles más una: mi capa de oso.

Me muevo para no aterirme. Me duele todo. La nieve, como un sudario blanco, frío, inclemente, constante, se deposita como un beso silencioso. No hace viento. Todo en calma. La corteza blanca de los abedules me miran en expectante silencio. Sombras que se arraciman. Silencio. Invierno.

Ya no sé si el silencio, la nieve y el Invierno están fuera o dentro, en el exterior, un bosque callado, fantasmas de madera blanca, una fraga de quietud hostil, o en mi interior, una floresta invernal en mi interior, arrasada por el silencio y la nieve que, poco a poco, lo enfría todo. A mí. A ella. ¿Qué pasará cuando el helor apague el último rescoldo y sólo haya nieve sobre unos troncos ennegrecidos, sobre unas brasas agrietadas e irrecuperablemente frías, como piedras?

KALT.

FRIO.

EN EL BOSQUE.

EN EL ALMA.

EN EL CORAZÓN.

NO SE SI ELLA DESPERTARÁ…